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Yo era entonces juez de instruccion en Ajaccio, una pequeña ciudad blanca, recostada al borde de un admirable golfo rodeado por doquier por altas montañas.
Las diligencias que más me ocupaban allá, eran los asuntos de vendetta. Los hay sobrebios, dramáticos a más no poder, feroces, heroicos. Allí encontramos los más hermosos temas de venganza que soñarse puedan, odios seculares, apaciguados un momento, jamas extinguidos, abomniables astucias, asesinatos convertidos en matanzas y casi en acciones gloriosas. Desde hacia dos años no oía hablar más que del precio de la sangre, de ese terrible prejuicio corso que obliga a vengar cualquier injuria en la persona que la ha infligido , en sus descendientes y allegados. Había visto degollar viejos, niños, primos, tenía la cabeza llena de tales historias.
Ahora bien, un día me enteré de que un inglés acababa de alquilar para varios años un chalecito al fondo del golfo. Se había traído consigo un criado francés, contratado al pasar por Marsella. Pronto todo el mundo se ocupó de aquel singular personaje, que vivía solo en su casa, y solo salía a casar y pescar. No hablaba con nadie, nunca venía a la ciudad y, todas las mañanas, se ejercitaba durante una o dos horas con la pistola y la carabina.
Se forjaron leyendas a su alrededor. Se pretendió que era un alto personaje huido de su patria por motivos politicos; después se afirmó que se ocultaba tras haber cometido un crimen espantoso. Inclusp se mencionaban circusntacias particularmente horribles.
Quise, en mi calidad de juez de instrucción, informarme sobre aquel hombre, pero me resultó imposible saber nada. Se hacía llamar sir John Rowell.
Me contenté, pues con vigilarlo de cera; pero nadie me señalaba, en realidad, nada sospechoso respecto a él.
Sin embargo, como los rumores sobre él continuaban, aumentaban, se hacían generales, resolví tratar de ver personalmente a aquel extranjero y empecé a cazar con regularidad por las cercanías de su finca. Esperé durante mucho tiempo una ocasión. Se presentó al fin en forma de una perdiz a la que disparé y maté a narices del inglés. Mi perro me la trajo; pero, cogiendo al punto la pieza, fui a disculparme por mi inconveniencia y a rogarle a sir John Rowell que aceptase el ave muerta.
Era un hombretón de cabello rojo, barba roja, muy alto, muy ancho, una especie de Hércules plácido y cortés. No tenía nada de esa rigidez llamada británica y me agradeció vivamente mi delicadeza en un francés con acento del otro lado de La Mancha. Al cabo de un mes, habíamos charlado cinco o seis veces.
Por fin, una noche,cuando pasaba ante su puerta, lo vi fumando en pipa, a horcajadas sobre una silla, en el jardin. Lo saludé, me invitó a entrar y a tomar una cerveza. No me lo hice repetir.
Me recibió con toda la meticulosa cortesía inglesa, habló elogiosamente de Ferancia, de Corcega declaró que le gustab mucho esta tierra y estas riberas.
Le hice entonces, con grandes precuaciones y con fórmulas de un vivísimo inter´ñes, algunas preguntas sobre su vida uy sus proyectos. Respondió sin ficiultad, me contó que había viajado mucho,por Africa, por las Indias, por América Y agregó riendo:
"He tenido muchas aventuras, oh yes"
Después me puse a hablar de caza y él me dijo los mñas curiosos detalles sobre la caza del hipopótamo, del tigre, del elefante, e incluso de la caza del gorila.
Dije:
"Todos esos animales son temibles"
Sonrió:
"Oh, noo El más malo ser el hombre"
Se echó a reir a todo trapo, con una risa bondadosa de gordo inglés contento:
"Yo haber cazado mucho hombre también"
Después habló de armas, y me invitó a entrar en la casa para enseñarme escopetas de distintos sistemas.
Su salón estaba tapizado en negro, con seda negra bordada en oro. Grandes flores amarillas corrían por la tela oscura, brillaban como fuego.
Anunció:
"Ello era una tela japonesa"
Pero, en el centro del panel más ancho, una cosa extraña atrajo mi mirada. Sobre un cuadrado de terciuopelo rojo, se destacaba un objeto negro. Me acerqué: era una mano, una mano humana. No una mano de esqueleto, blanca y limpia, sino una mano negra, reseca, con uñas amarillas, músculos al descubierto y huelas de sangre antigua, de sangre que parecía roña, sobre los huesos cortados en seco, como de un hachazo, hacia el centro del antebrazo.
En torno a la muñeca una enorme cadena de hierro, remachada soldada a aquel sucio miembro, la sujetaba a la pared con una argolla lo bastante fuerte como para atar a un elefante.
Pregunté:
"¿Qué es eso?"
El inglés respondió tranquilamente:
"Ser mejor enemigo mía. Lo traí de América. Fue cortado con sable y arancar la piel con una piedra afilada, y secar al sol durante ocho días. Aoh, muy buena para mí esta"
Toqué aquel despojo humano que había debido pertenecer a un coloso. Los dedos, desmesuradamente largos, estaban sujetos por enormes tendones que retenían tiras de piel en algunos lugares. Era una mano espantosa a la vista; así desollada, evocaba con toda naturalidad alguna venganza de salvaje.
Dije: "Ese hombre debió de ser muy fuerte"
El inglés pronunció con suavidad: "Aoh yes; pero yo ser más fuerte que él. Yo haber puesto esa cadena para sujetarlo".
Creí que bromeaba. Dije:
"La cadena ya resulta muy inútil, la mano no se escapará".
Sir John Rowell prosiguió gravemente:
"Ella querer siempre irse. Esa cadena ser necesaria".
De un rápido vistazo escudrié su cara, prguntandome:
"¿Está loco o es una broma de mal gusto?"
Pero el rostro seguía impentetrable, tranquilo y benévolo. Hablé de otra cosa y admiré las escopetas.
Me fijé sin embargo. en tres revólveres cargados, colocados sobre los muebles, como si aquel hombre viviera con el temor constante de un ataue.
Volví varias veces por su casa. Después dejé de ir. Nos habíamos acostumbrado a su presencia; a todos les resultaba ya indiferente.
Transcuerrió un año entero. Ahora bien, una mañana, a finales de Noviembre, mi criado me despertó anunciándome que sir John Rowell había sido asesinado durante la noche.
Media hora después, entraba yo en la casa del inglés con el comisario jefe y el capitán de la gendarmería. El sirviente, enloquecido y desesperado, lloraba delante de la puerta. Sospeché ante todo de aquel hombre, pero era inocnte.
Jamás se pudo hallar al culpable.
Al entrar en el salón de sir John, vi a la primera ojeada el cadaver tendido de espaldas, en el centro de la pieza.
El chaleco estaba rasgado, colgaba una manga arrancada, todo anunciaba que se había producido una terrible lucha.
El inglés había muerto estrangulado. Su rostro negro e hinchado, espantoso, parecía expresar un abominable terror; sujetaba algo entre sus dientes apretados; y el cuello, perforado por cinco agujeros que se diría hechos con puntas de hierro, estaba cubierto de sangre.
Se nos unió el médico. Examinó un buen rato las huellas de los dedos en la carne y pronunció estas extrañas palabras:
"Diríase que ha sido estrangulado por un esqueleto".
Un escalofrío corrió por mi espalda, y alcé los ojos hacia la pared, el lugar donde había visto antaño la horrible mano desollada.
Ya no estaba allí. La cadena rota, colgaba.
Entonces me bajé hacia el muerto y encontre en su boca crispada uno de los dedos de la mano desaparecida, cortado o mejor dicho serrado por los dientes hasta la segunda falange.
Después se procedió a las comprobaciones. No se descubrió nada. ninguna pouerta habia sido forzada,ninguna vewntana,ningun mueble. los dos perros guardianes no se habian despertado.
he aqui en ocas palabras, la deposicion del criado:
"Desde hacia un mes, su amo parecia agitado. Había recibido muchas cartas, que iba quemando. a menudo, cogiendo un latigo, con una colera que parecia demencial, habia golpeado con furia esa mano seca, anclada en la pared y desaparecida, no se sabe como, a la misma hora del crimen. se acostaba muy tarde y se encerraba con cuidado. tenian siempre armas al alcance de la mano. con frecuencia, de noche, hablaba en voz alta, como si estuviera discutiendo con alguien".
Esa noche, se daba la casualidad de que no habia hecho el menor ruido, y solo al ir a abrir las ventanas el sirviente encontro a Sir John asesinado. No sospechaba de nadie.
Comuniqué lo que sabia del muerto a los magistrados y a los funcionarios de la fuerza publica, y se hizo una minuciosa investigacion en toda la isla. No se descubrio nada.
Ahora bien,una noche, tres meses despues del crimen, tuve una espantosa pesadilla. me pareció que veia la mano, la horrible mano, correr como un escorpion o como una araña a lo largos de mis cortinas y paredes. tres veces me desperte, tres veces volvi a dormirme, tres veces volvi a ver el repuganante despojo galopando al rededor de mi cuarto mientras movia los dedos como si fueran patas.
Al día siguiente me la trajeron: La habían encontrado en el cementerio sobre la tumba de Sir John Rowell, enterrada alli por que no se habia podido averiguar nada de su familia. Le faltaba el índice.
Y ahi tienen, señoras, mi historia. no se nada más.
[...]
"Oh, lo que es yo, señoras, voy a estropearles con toda seguridad sus terribles sueños. pienso simplemente que el legitimo propietario de la mano no estaba muerto, que vino a buscarla con la que quedaba, pero no pude saber como lo hizo, por ejemplo. Se trata de una especie de vendetta".

Buena historia, escalofriante, gracias por la obra.... Exitooss.
ResponderEliminarGracias a ti, por leerla :)
EliminarBuena historia, escalofriante, gracias por la obra.... Exitooss.
ResponderEliminarJaja, gracias, yo no lo hice, solo lo tomé prestado, lo escribió Guy de Maupassant.
ResponderEliminarMuy interesante el relato un poco escalofriante pero demasiado bueno me gusto :) excelente
ResponderEliminarSi, es un gran cuento, pero los otros son mucho más interesantes.
Eliminar¿Que explicación le da el inspector?
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