Estorbada por el niño entre sus brazos, la mujer corría
ahora más despacio. Guldran se sintió arrebatado por una ola de entusiasmo que
barrió en él la sensacion de culpabilidad producida por haber desobedecido las
órdenes.
Las instrucciones eran tajantes: No debe emprenderse captura alguna individual.
En el caso de avistarse cualquier forma de vida humana, el barco debe ser
notificado inmediatamente de ello. Toda lancha debe estar de regreso en el
lugar de atraque no mas tarde de una hora antes de partir el barco. Todo aquel
que no reporte a su debido tiempo sera considerado como desaparecido.ç
Guldran penso con desazón en los grandes mares y en los hielos que barrieron
inexorablemente todo a su paso, cuando los ejes de la tierra se invirtieron, un
milenio atrás.
Ahora, tanto el verano como el invierno, traían temporales y ventiscas paralizantes, que se anunciaban por la nieve granizada, en las que los pies de la mujer, calzados con pieles, habian dejado las huellas que habian conducido al descubrimiento.
Su entrenada mentalidad de antropólogo especulaba ávidamente acerca del pequeño
que habian conseguido del más joven de dos hombres que encontraron la semana
anterior, casi helado y a punto de morir de inanición. El más viejo sucumbió
casi enseguida, pero el otro valiéndose de un lenguaje preimario de signos, les
había indicado que varios humanos habían vivido en unas cuevas situadass en el
oeste, y que solo él y el más viejo habían sobrevivido al azote de algún
misterioso horror. Guldran sintió un arrebato de compasión por la mujer y su
niño, abandonados por los hombres, sin duda, como sacrificio a los poderes de
la naturaleza.
Había sido un verdadero golpe de fortuna descubrir un macho
y una hembra de la raza como semilla de los humanos, para poder ser conducida a
otro planeta. ¡Y qué triunfo para él, Guldran, significaría regresar a la hora
once con la presa! No había necesidad de llamar solicitando ayuda. No se trata
de una incursión armada, puesto que aquellos eran los seres más indefensos del
Universo...Una madre llevando a cuestas a su hijo.
Guldran volvió a acelerar la marcha. Sus gritos anteriores
habían servido únicamente para espolear a la mujer y obligarla a un mayor
esfuerzo. Con toda certeza, existía alguna palabra mágica que había sobrevivido
a través de los siglos y siglos de ignorancia. Algo parecido al pan y sal de
todos los ueblos sin cultura.
Haciendo bocina con sus manos, gritó:
-¡Comida! ¡Comida!
La mujer volvió la cabeza, dio un pequeño traspiés y
prosiguió su camino, aflojando un poco el paso, pero aún aprisa. El pulso de Guldran
se aceleró. Gritó de nuevo:
-¡Comida!
En el mismo momento en que su pie tocó la sensible
superficie de la trampa, supo que estaba perdido. Y cuando su cuerpo cayó al
fondo del pozo para quedar empalado en unas estacas aguzadas al fuego, supo de
qué horror había escapado el último hombre de la raza humana.
Por encima suyo, la mujer le miró, mostrándose unos dientes
blancos y relucientes. Con un dedo señaló el fondo del pozo, hablando con
exaltación al niño:
-¡Comida! - dijo la
última mujer de la Tierra.

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